Alucine Cinéfago


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Ésta es la cuarta y última parte de la Tetralogía del Terror Ciego de Amando de Ossorio, tras „La noche del terror ciego“ (1971), “El ataque de los muertos sin ojos” (1973) y “El buque maldito” (1974).









Como en las otras tres entregas, los demoníacos templarios son adeptos a un culto con sacrificios humanos, y persiguen el objetivo de la vida eterna. Por las noches emergen de sus tumbas para nutrirse con la sangre y las vísceras de sus víctimas. Los muertos vivientes son unos esqueletos vestidos con hábitos de fraile que se mueven con suma lentitud y que al ser ciegos se guían por los sonidos. La tétrica y envolvente atmósfera es sin duda lo más destacable, tanto en la película que nos ocupa como en las demás que componen la tetralogía.




En ésta ocasión, los huraños aldeanos del lugar al que han llegado Henry y Joan buscan aplacar a los templarios entregándoles bellas vírgenes: Cada 7 años, 7 siete chicas en 7 noches consecutivas. Los nocturnos graznidos de las gaviotas son “los lamentos de los espíritus las doncellas sacrificadas”, algo muy poético y que nos remite a Bécquer.
El siniestro culto se va perpetuando a causa de la pusilanimidad de los pueblerinos, quienes no se rebelan y siguen ofrendando a sus propias hijas a esos engendros sedientos de sangre.









Cabalgando los caballos-fantasma de los templarios, Henry se meterá directamente en “la boca del lobo”, en el castillo, para encontrarse allí con la raíz del problema al que hay que enfrentarse para derrotar a los templarios: La demencial deidad que los muertos vivientes adoran…


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